Por sitio Barbacoas
que también es decir bocanadas, francachela del embale, aventurado zarzo de afán y sin remilgos,
parche desliz, país noctámbulo.
Una cuadra abajo del farolero parque de parias de la guerra
donde de tiempo atrás hace cuentas la impaciencia,
de un Bolívar de bronce, mudo y estacado.
En un sitio proclamado a las buenas o a las malas
la calle del pecado,
cuyo arrebato solo duerme de la acción
con un poco de siesta
y sancocho pobre los domingos.
Inquilinos sin nómina,
habitantes de inciertos pavimentos,
tropillas del sarao a quemarropa,
pernoctan las vigilias tramando pesadillas en su exilio.
Y al lado de una sala de cine porno ya cerrada,
que siempre fue inútil frente a directos hechos aledaños,
hoy tierra prometida de templos obsoletos,
con malabaristas,
demandantes de dioses de moda
que vomitan el Apocalipsis;
una junta de jerarcas de reinos olvidados,
—maestrías ignoradas del verbo crudo—
manotean el ingenio en las señales,
las trampas y los gestos,
por trochas torcidas del remolino.
Para anunciar las más ágiles alertas, cantar certezas,
advertir un corone, o el arribo de un intruso anfibio.
Por sitio Barbacoas
en medio de bermudas apretadas,
y escuálidas chicas del encanto,
de avezadas del oficio
que ofrecen lucero fatal entre sus piernas,
de redondas minifaldas de travestis,
de borrachos esculcados de afán
que estucaron su obelisco,
y ahora babean tropezando en los bolsillos;
caravanas de ansiosos desfilan a escurridos pórticos,
para hacer compras furtivas del viejo embeleco,
en tiendas de yerba, aserrines y pastillas,
que funcionan con impuesto clandestino y sin permiso.
Ese paraje undoso, tiene además alrededor solemne,
destacados e indómitos vecinos;
ventas de pescado barato, casas prepago de oración,
atractivas gangas callejeras del contrabando,
una amurallada Basílica,
desvanes apurados de culebreros políticos,
y a la vuelta como dedo al anillo prohibido,
el apretujado edificio de la fiscalía.
Por calle barbacoas,
según dicen los viejos veteranos contando las arrugas
y está escrito en su oloroso santuario de ladrillos
el espíritu de las bacanales vive en el fandango,
acunando el más antiguo de los ritos.
Y exhalando algo
que nadie puede pasar por alto
o de agache fácilmente:
Un extraño y oscuro atractivo.


Pinturas ubicadas en la calle Barbacoas de Medellín, tomadas por “La patrulla” en la fotomaratón de Semana Santa, 2007.
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