Hacía rato no salía un domingo a realizar la clásica actividad cultural del ocio dominguero con ingesta de churro grasiento y paleta de $ 500. Me animé a sair porque en días pasados un amigo me pasó la información de la Gran feria automovilística de carros que se convirtieron en vitrinas comerciales, en el marco de MDE07, y realmente no sé que pasó y me abstengo a generar juicios, pero carros hubo pocos a pesar de que la propuesta es tan buena y que en Medellín hay tanta “chatarra hermosaâ€. Se pudo hablar con Carolina Salazar, muy formalita ella, artista bogotana encargada de esta actividad y quedamos en establecer contacto, eso esperamos.
Estos vehículos me hicieron recordar un cuento que escribí hace algunos años, publicado originalmente en la revista Camaleón y que se los comparto aquí para que se lo soyen, además de la imagen del carro insignia de la feria llamado “El carro fantasma†de don León Isaza.

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LA TARTANA DE DON CUCO
Don Cuco vivía en la loma, exactamente diez cuadras arriba del supermercado donde trabajaba llevando mercados, en su automóvil modelo setenta y dos. La marca no la recuerdo porque fue lo primero que se le cayó.
Como acostumbraba, ese día se levantó temprano para tomarse la “totumada de aguapanela†con un pedazo de pan del viejo, del viejo de la panadería de la esquina. Su mujer y sus cinco hijos le ayudaron a sacar el carro empujado del garaje, para encenderlo y calentarlo media hora, como era debido antes de arrancar. El ruido que desprendía ese bendito auto era aterrador, casi infernal, además de la humareda y el olor. Los vecinos le gritaban: “¡Cuco, viejo pendejo, deja dormir!, ¡Apagá esa cafetera, demente!, ¡Nos vas a intoxicar a los niños, desgraciado!”. Improperios a los que el cucho hacía caso omiso y seguía calentando su carro.
A los 25 minutos de calentamiento, haciendo un ruido extraño, el carro se apagó, pero igual arrancó loma abajo dejando en el piso el parachoques, veinte tuercas, unas cuantas arandelas, resortes y un pedazo de manguera. Luego de la primera cuadra por la que rodó, el endemoniado automóvil ya se le había caído la pintura, un retrovisor, la tapa de la gasolina, la masilla epóxica de varios arreglos anteriores, otro número considerable de tuercas y el rodillo del mofle. Don cuco mantenía firme el volante a pesar de que el carro en la segunda cuadra había dejado regados en el camino los stops, el capó, los retrovisores, las dos puertas y una de las ruedas delanteras con todo y suspensión. Los frenos no le respondían. En la tercera cuadra, se levantó por los aires el resto de la carcaza llevándose consigo el filtro del aire, la “concorgaña del gutiplin”, cuatro pedazos de manguera más y el bomper. La gente que veía la bola de chatarra bajando a gran velocidad, sorprendida decía: “¡Uy qué nave!”.
Cinco cuadras más abajo botó las dos ruedas traseras y el mofle completo con el silenciador de gases y todo. También mandó al carajo la batería, la correa del acumulador, la palanca de transmisión, los pistones de la chumacera, treinta resortes variados, la cojinería trasera y el ventilador lambicuánico. El cucho se aferraba cada vez más el volante y la apocalíptica procesión de partes seguía. A la sexta cuadra se vieron volar varios engranajes. La biela, la viola, unos cilindros, la rueda que faltaba y medio chasis con el tanque de la gasolina, que por un milagro no explotó. Pasando la séptima cuadra se le empezó a caer lo que hacía mucho rato no le funcionaba al carro: la calefacción, el cenicero, los interruptores, el radio pasacintas, las luces del tablero. Al lugar de trabajo llegó vivito y coleando, pero no lo parecía porque estaba completamente pálido y tieso, sentado en la silla que fue lo único que le quedó entero y aferrado al volante que cambio de forma debido a la manera como el cucho lo apretaba. En el pedacito de calle que le faltó para llegar al supermercado lo arrastraron siete gamincitos que le decían en coro “Don Cuco, regálenos una moneita”.
Tres Días se demoró el desgraciado de “Cuco” en recoger completicas las partes del carro, a excepción de los “chirifrostis” y el alambrito con que aseguraba el seguro, que parecía que se los hubiera tragado la tierra. El arreglo le costó más de lo que hubiera costado un carro nuevo, pero él dijo que el valor material era lo de menos, que lo que más importaba era el valor sentimental.
Publicado en: Revista Camaleón No 15. Mayo – Junio de 1999.
Por: Alexander Cuervo.