La morcilla me es familiar porque desde pequeño he visto como mi tía Estella la prepara, con toda la curia de matrona paisa que se guarda sus mañas y secretos para hacer algo que le enorgullece, gracias a los buenos comentarios que siempre recibe de sus preparaciones…
Desentrecijar, empella, cagalera, obispo y otras palabras asociadas a la preparación de este alimento que a muchos puede causar repugnancia, para mí no son desconocidas porque siempre he disfrutado estar cerca de la cocina y me gusta untarme , conocer y probar esos sabores que provienen de lo domestico que llevan consigo la historia familiar y el alma de los abuelos.


Podía pasar horas mirando como la tía lavaba la tripa de cerdo, y creo que muchas veces la llegué a incomodar por mi calidad de niño curioso. Una imagen que recuerdo mucho es la del menudo reposando en un balde con agua y muchas rodajas de limón… Luego proseguía el llenado, con esa curiosa mezcla de sangre con arroz blanco cocido, comino tostado, cilantro y cebolla de rama, que minutos antes había visto picar cuidadosamente por parte de “memito”, el esposo de mi tía, que se sentaba en un taburetico al borde de la mesa a picar y picar cantidades que yo pensaba nunca iban a acabar. Él también se encargaba de encender el fogón y dar vuelta a la preparación de vez en cuando. “Estelita” se sentaba frente a la olla a rellenar tripa con ese embudito de aluminio que tiene la edad de Matusalén y al terminar amarraba la punta con un pedacito de cabuya sacada de algún costal de esos en los que se empacaba la papa y que ella pedía en la rebueltería.








